Son los versos más bellos aquellos que se escriben cuando ya no queda nada.
Son los versos que, más que versos, son parches, los que al leerlos abren las heridas de los recuerdos.
Son los versos que escribimos por la noche, muertos de miedo, llenos de ira y rencor, los que sacan el arte de nosotros, los que desatan la pasión.
Es cuando todo sale mal, cuando todo termina, o ni siquiera empieza, cuando somos capaces de inspirar el llanto del papel y la tinta.
Cuando lo hemos perdido todo, y ya solo nos quedan nuestras palabras. Entonces éstas se hacen grandes, e invaden todo tu ser, y te envuelven y protegen del frío.
Cuando hemos caído, y no hay nada que nos levante, aprendemos, de pronto, a escribir de nuevo. volvemos a revivir los sentimientos que encerramos entre besos, abrazos, y noches a su lado.
Salen a flote, y nos duelen cuando salen. Pero escapan y se pierden entre versos vacíos, entre versos rotos.
Y, cuando por fin deshojamos el diario de su presencia, los volvemos a leer, y revivimos todo aquello que sentimos, y que escribimos entre lágrimas.
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