Me dijo te llevo al sol, no te desveles. No te preocupes, que el tiempo fluya , que la inspiración vuele y el amor te llene. Me dijo que aguardara, que mantuviera la esperanza. Me dijo: yo te alzaré con mis dedos y te arroparé en mi pelo en las noches de frío y pánico. Tú, simplemente, ámame. Fue un trato simple, y lo cumplí con creces.
Pero ella no estaba dispuesta, prefirió dejarlo en mis manos, y la situación me pudo. Buscó en mi la luz que yo buscaba en ella, y poco a poco nos fuimos apagando, incapaces de conseguir iluminar la vida. Conforme ella me miraba y buceaba en mi alma, a mi se me perdía y vaciaba la vida, y cada vez que sonreía, mi interior se descomponía. En mil pedazos me rompía, pedazos que volaban hacia el horizonte hasta perderse allá donde se perdían los sueños incompletos y las horas muertas.
Pasaban a vivir en el mundo en el que vivo, el mundo de imposibles y verdades falseadas. Allí, donde acudía cada noche a refugiarme en la poesía y en la música, y donde, lejos de hallar consuelo, encontraba a mi tristeza.
Esta pequeña me engañó otra vez, me prometió la vida, escondida en un cuerpo dulce y unos labios tensos. Me habló de felicidad, de amores aún posibles, y me deje llevar, sin darme cuenta que a donde iba era al mundo del que venía. Maldita tristeza y su dulzura, me llevaron otra vez al mundo recóndito de la melancolía
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