En días como este valoro tu sonrisa como nunca lo había hecho. Te veo reír sin importar por qué, y te veo feliz. Y eso también me hace feliz. Me entusiasma ser capaz de hacerte soltar una carcajada en mitad de la noche, que rompa el silencio y la monotonía de tus días. Me alegro tanto, porque considero que hacerte sonreír tiene un valor especial.
Pero también lo temo. Temo la alegría que me das cuando sonríes, que es inmensamente mayor que la tuya cuando lo haces. Temo que me esté ilusionando demasiado, como siempre, por hacerte sonreír Ay, pero es que esa risa... me vuelve loco. No puedo evitar mirarte y que se ilumine mi vida con la simple visión de la curva perfecta de tus labios.
Uf, esos labios... también, también me vuelven loco. Tengo ganas de beber de ellos, tengo ganas de respirar el aire de tu risa y elevarme al infinito como nunca nadie lo ha hecho. Ganas infinitas de abrazarte y no soltarte jamás, mientras sonríes y nos elevo hasta donde nadie nos pueda alcanzar.
Y es que si tú sonríes yo me alzo con el viento hacia más allá del cielo, y eso me da miedo.
Me da miedo porque es fácil ascender si te quedas a mi lado, pero eso sé que no ocurrirá. Tú me sonreirás y llevarás hasta las nubes, pero una vez allí me dejarás. Te irás, y tu sonrisa contigo, y allí no encontraré nada que me siga manteniendo en alto. Caeré, sin apoyo que me ayude, y cuando me golpee contra el suelo, y me levante dolorido, tú estarás allí de nuevo, sonriendo. Sí, sonriendo. Para llevarme de nuevo a donde estaba, y volver a repetir el ciclo masoquista que creamos cuando ríes.
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