Domingos medio dormidos, que se pasean sigilosos entre las manecillas de un reloj.
Hasta el tic tac se convierte en metáfora de la monotonía de este día. El olor de los periódicos, el café, el sentimiento de pena que me entra a estas horas. todo es uno, todo es Domingo.
El día se hace medio humano, medio raro. Se acuesta a mi lado, no pide permiso. Se arrastra hasta mi, me invita a escribir.
Ah... que cruel eres. Sabes que no puedo, que no sé hacer poesía. Que lo único que sale de mi son palabras, no es arte.
Tú lo sabes, sé que lo sabes. Pero no puedo evitarlo, y caigo, y escribo. Y te escribo de nuevo. Entro en este circulo vicioso que me hace enredarme de nuevo en tu pelo. Te recuerdo... Todo mi texto se vuelve hacia ti, de nuevo en el centro.
Y es que cuanto más intento olvidarte más viva te haces en mi. Cada domingo resuenas de nuevo en mi mente, como si este día fuese tu día.
Borradores llenos de palabras, llenos de tu nombre y tu rostro. Arrepentimiento y derrota cada vez que retrocedo, y borro lo escrito. Cada vez que me leo me doy cuenta de lo pobres que son mis palabras, en comparación con lo grandes que son mis pensamientos.
Pero me obligo a escribir. Igual alguien lo lee y le gusta... No, en verdad sé que no, no me gusto ni a mí. Pero me es igual, es lo que toca. Escribir, borrar, reescribir, y volver a borrar, hasta que algo parezca medio decente y me decida a publicarlo, por fin.
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