Y de pronto, sin más, sonríes, te ríes por dentro, alzas la cabeza y avanzas.
Los palos siguen cayendo, cada vez más fuertes, cada vez más precisos.
Tú sigues, te defiendes de ellos riéndote, tu risa es tu mejor arma.
No se rinden, continúan dando golpes, y empiezas a temblar.
Pero sigues, sí, tú sigues, porque nadie es más fuerte que tu ánimo.
Te lo dices a ti mismo, no te rindas joder, no te rindas.
Y otro golpe, y otro, y otro.
Todos ríen, y caes al suelo. Estás solo, es la triste realidad.
Pides ayuda para seguir, solo empujones.
Con cada lágrima que derramas, las carcajadas son más más fuertes.
Te ríes una última vez, en silencio.
Piensas en lo pobre de sus vidas, deben sentirse frustrados al ver que aún aguantas en pie.
De repente, el último golpe. No ha sido el más fuerte, ni siquiera preciso.
Pero ha sido el último.
Lo notas, algo en tu cabeza estalla, se desordena. Nada es igual, y explotas.
Empiezas a gritar, a preguntar ¿POR QUÉ, POR QUÉ?
Y de nuevo risas, y silencio.
Se ha terminado, conseguido, han acabado contigo con el menor de los golpes, y eso es lo que queda de ti: un derrotado a la mínima.
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