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jueves, 14 de agosto de 2014

La insoportable levedad del ser

¿Qué podía ser, pues, el amor; cómo podría reconocerlo?
La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada:¡era la segunda vez que la había visto en la vida!
¿No sería esa sensación, más bien, la histeria de un hombre que ha empezado a asimilar su incapacidad de amar?
Locura, eso era, no podía definirse de otro modo.
Porque no era posible que hubiese vuelto a enamorarse.
Su corazón ya se había roto, y no lo creía recompuesto, y por tanto preparado, para otra aventura amorosa.
Loco, se dijo. Quizá esa era la forma de alejae la cara de ella de su pensamiento, la única forma de "desintoxicarse" de aquel embriagador sentimiento.
Sí, sabía que si asumía que estaba loco nadie podría echarle en cara, ni él mismo, que no dejase de pensar en aquella chica que apenas sí conocía.
Quizá así evitaría que su imagen se introdujese en sus sueños, y se quedase allí para siempre, como ya le había sucedido otras veces.
Comprendió que no era incapaz de amar, al contrario. De nuevo se sumía en el caos de sentimientos que le anudaban la garganta y le arañaban el estómago. Esa sensación cálida en cada mensaje recibido, la seguridad en sí mismo y la autoconfianza.
 Pero esta vez su subconsciente había tejido un diálogo macabro, y había puesto en su mira a una completa desconocida que no tenía la menor posibilidad de formar parte de su vida. Y no podía permitir que aquella locura continuase.

Texto "adaptado" desde La insoportable levedad del ser.

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