Así, a lo largo del día mi pesar es gris, monótono y melancólico. Vienen a mi mente pensamientos tristes que solo empeoran mi estado de ánimo, y bajan unos grados más la temperatura de este corazón ya congelado. Dejo de latir por un momento para abandonar este mundo, y entregarme a mi mismo, solo a mi. Comienzo a mirarme con autocomplacencia y pena. Y ahí es cuando cambia todo.
Aparece el color de la tarde, un crepúsculo de color rojo fuerte, furioso, que hace despertar mi alma. Me manda que escriba, la luz de la tarde la despierta del letargo que le producía el gris desánimo.
Y así, tras unas horas de llorar a solas, de encerrarse en sí misma, decide que llegó el momento de salir a flote.
Pero no, la dejo ahí encerrada un rato más, y su rabia aumenta a ritmos insospechados.
De pronto anochece, todo se vuelve oscuro, y mi alma empieza a agonizar. Empieza a quejarse, aunque con menos fuerza, y es entonces cuando decido que es hora de sacarla.
Así la plasmo, algo furiosa pero también algo somnolienta, el ritmo de la noche la confunde, aunque le reconforta que la saque a pasear junto a las sombras, junto a la luna y las estrellas
No hay comentarios:
Publicar un comentario