Te sientas a mi lado y yo me callo, incapaz de expresar lo que en mi pecho aparece cuanto te acercas a mi lado. Juntos, muy juntos, como si hubiésemos nacido para estar ahí. Te acercas, algo más, y me abrazas, me meces, y acoges mis vaivenes. Me ayudas a respirar, sacar mi cuerpo del agua y me siento renacer cuando me abrazas. Amanece, aunque el sol ya apenas aparece. Un pequeño rayo de luz se mece con las olas iluminando el mar de pensamientos que me surgen cuando de pronto te levantas y te alejas de mi vida.
Veo tu respiración, volutas de aire surgen de tu boca y bailan en el frío de la mañana... O de la noche, bueno, el frío de esa hora indefinida. Una hora en la que el sol , las estrellas y la luna se combinan en el cielo, para confundir a los pasajeros de esos impetuosos minutos con un majestuoso baile de luces, el baile del sol que, poco a poco, desvanece con su luz a las estrellas...
Por última vez me miras, y me besas lentamente. Me dices que me quieres, yo afirmo que hemos ganado por habernos conocido. Aún así te vas, y lentamente te pierdes en el horizonte, avanzando hacia el mar, hundiendote más y más, hasta que tu figura se pierde entre tierra, sal y agua.
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