Amor, familia, trabajo, estudios, posesiones, seguridad, libertad, independencia; puntos de apoyo que fallan, que perdemos y cojeamos.
Y nos tambaleamos, débiles, indefensos. Todo por un punto, que analizado con delicadeza apenas parece una mancha en la vida.
Pero siempre va a ser así. Porque siempre fallará algo. Y cuando creamos que todo va bien, tendremos un resbalón, nos desviaremos un centimetro. O un milímetro. Quizás ni lo notemos. Pero un descuido podría hacernos caer.
Y cuando creamos tener felicidad, no será completa, porque la vida no es tan fácil, y se compone de mil detalles distintos. Y no pueden acomodarse unos a otros, no encajan, y siempre fallan.
La verdadera fortaleza reside en no dejarse vencer por el desequilibrio, y aprender a vivir sin un punto de apoyo.
No dejarnos llevar, estar siempre alerta. Estar concienciado de que cuando recuperemos un punto, habrá otro que pronto cederá, haciendonos temblar.
Esperar, y esperar que nada falle, conteniendo el aliento a cada paso que demos. Mantener la confianza, creer que lo tenemos todo bajo control, pero sin dejarnos llevar. Tenemos que saber que la realidad no es esa, y que en cualquier momento nos daremos contra el suelo y la verdad.
La vida, como un constante miedo a caer, como un (des)equilibrio constante.
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