Oye guapa, sí, tú. Qué, ¿te apetece bailar un rato? Nada serio, solos tú y yo, un piano de cola, un poco de saxo bajo la luz de la luna.
Nada de matrimonio, sin despedidas ni noches compartidas.
Solo dos cuerpos unidos al compás de una melodía improvisada.
Vamos, yo pongo la pasión, tú solo tienes que poner tus pies. Tu cuerpo.
Sí, así, justo así. Te mueves como si hubieras nacido al son del jazz.
Eres libre, grácil, e imprecisa. Dios, eres mágica. Eres esa poesía que no puede encontrarse en los libros, un rostro hermoso que no se ve en el cine, un cisne encerrado en una hermosa mujer.
Me doy cuenta de todo esto mientras te veo cambiando de pareja de baile.
He roto el pacto, lo siento, pero me he enamorado de ti, de tu rostro, de tu cuerpo, de tu danza.
Pero casi sin ruido te vas yendo de mi lado, te unes a un piano.
La música te va atrayendo, y cada vez eres menos mía. Yo te digo que te quedes, que te fundas conmigo, tú me dices que él es pianista, pianista de jazz.
Y qué quieres que te diga, eso es verdad. Yo solo soy poeta y ni siquiera se bailar.
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